CRISTOFORO COLOMBO

LA SANTA MARIA APRE LE ACQUE E NASCE L’UOMO NUOVO

Cristobal Colon Inspiracion de by Jose Maria Obregon

 

lettera Una notte del 1492. Con l’oscurità e la stanchezza di due giorni e mezzo di navigazione la guardia fu stabilita   e gli uomini si tuffarono in un sonno pacifico, senza rendersi conto di quale destino aveva preparato per loro.
Erano passati cinque mesi da quando Cristoforo Colombo, i suoi ufficiali e il suo equipaggio avevano lasciato la cappella del convento di Santa María de la Rábida, a Palos de la Frontera (Huelva, Spagna) e aperte le vele della Santa Maria, Santa Clara (la Nina) e la Pinta per affrontare l’ oceano in un viaggio che avrebbe cambiato il corso della storia.
Era il 1474 quando un astronomo fiorentino, Paolo dal Pozzo Toscanelli, inviò una mappa a Colombo con l’ incitamento a navigare verso est attraverso. L'idea era quella di evangelizzare l'Estremo Oriente e la possibilità di acquisire sufficienti ricchezze per allestire una crociata con la quale recuperare Gerusalemme e il Santo Sepolcro.  Quando alla fine ricevette l’ assenso del re Ferdinando d'Aragona e della regina Elisabetta I di Castiglia affrontò una nuova serie di sfide. Pochi navigatori erano disposti a rischiare la vita in ciò che percepivano come una folle assurdità e ancora meno armatori erano disposti a rischiare le loro navi.
Intorno alle 2 del mattino, il giorno di Natale, Colombo si svegliò sorpreso dal suono della forza dell'acqua e dalle grida che proveniva dal zona del timone. Corse sul ponte per vedere che l'ufficiale in servizio aveva affidato il la nave ad un ragazzo. La guida inesperta aveva portato la nave ad incagliarsi, aprendo fatali crepe sotto la linea di galleggiamento.
Colombo fece un tentativo di salvare la nave tagliando l'albero per alleggerire il crico, ma fu inutile. Le acque salirono sempre di più e la nave che aveva guidato una delle spedizioni più audaci di tutti i tempi finì per riposare sul fondo del mare.
Il re dell'isola Guacanagarix, il capo di una delle cinque tribù Taino che abitavano Hispaniola, che provava un grande affetto per Colombo e i suoi uomini, scoppiò in lacrime quando sentì la notizia e mandò tutto il suo popolo ad aiutare a recuperare ciò che era perduto e per rendersi in qualsiasi altro modo utile. Offrì loro vitto e alloggio e li accolse come uno di loro.
Nel giornale di Cristoforo Colombo si legge:
“Lui con tutte i suoi uomini ha pianto così tanto (dice l'Ammiraglio): sono persone di amore e senza avidità, e adatte a tutto, che certifico alle Vostre Altitudini che nel mondo credo che non ci siano persone migliori o terre migliori: amano i loro vicini come se stessi, e hanno il linguaggio più dolce e mansueto del mondo, e sempre con risate. "
Nei giorni seguenti, l'equipaggio e gli uomini della tribù smantellarono la Santa Maria e portarono il legno a terra. Con cui costruirono un forte, che chiamarono "Fuerte Navidad", poiché il naufragio era avvenuto proprio nel giorno di Natale: nsceva anche la prima colonia del "Nuovo Mondo".
Molto è stato detto di Cristoforo Colombo negli ultimi anni e per alcuni le vicende del suo governo potrebbero oscurare i suoi successi. Tuttavia, tra ciò che è noto e ciò che andrà perso per sempre nelle sabbie del tempo rimane un uomo la cui vita serve da esempio per coloro che vivono con alte aspirazioni.
Il giovane che navigava con sogni di terre sconosciute al ritmo della sinfonia di vele montate dagli alisei e con lo scafo di una nave che tagliava le acque dipinge un ritratto di ciò che lo spirito umano può realizzare quando osa sognare.
"Nessuno dovrebbe temere di svolgere alcun compito in nome del nostro Salvatore, se è giusto e se l'intenzione è puramente per il Suo santo servizio".

Los vientos alisios del sur circulaban amables a través de la isla de La Española, calmando los templados mares azulados a medida que los barcos se acercaban a la protección de la cala que se supone es cabo Haitiano en la actual Haití. Era la Noche Buena de 1492.
Con la caída de las tinieblas y la pesada fatiga de dos días y medio navegando sobre los hombros de la tripulación, se estableció la guardia  y los hombres se sumergieron en un pacífico sueño, sin percatarse de lo que el destino les tenía preparado.
Habían pasado cinco meses desde que Cristóbal Colón, sus oficiales y su tripulación salieran de la capilla convento de Santa María de la Rábida, en Palos de la Frontera (Huelva, España) e izaran las velas de la Santa María, la Santa Clara (la Niña) y la Pinta para embarcarse a través del mar en una travesía que cambiaría el curso de la historia.
El amor de Colón por el mar empezó a la tierna edad de 10 años, cuando trabajó por primera vez a bordo de un barco. En las décadas siguientes, cruzó los océanos de punta a punta como marino mercante y a menudo pasaba más tiempo en el mar que en tierra. Tenía un deseo insaciable de aprender y, aunque ya había tenido algo de educación formal, seguía siendo un ávido lector que se sumergía en libros de todos los temas, pero en particular de astronomía, geografía e historia. Sin embargo, los dos libros que demostraron tener mayor influencia en él fueron Los viajes de Marco Polo y la Biblia.
Fue en 1474 cuando un astrónomo florentino llamado Paolo dal Pozzo Toscanelli envió un mapa a Colón con una propuesta de navegar hacia el este a través del océano para llegar hasta Asia. Aunque la idea recibió el rechazo rotundo de casi todo el mundo, para Colón fue una chispa que encendió su imaginación y que se convertiría en una misión de 18 años para componer una expedición y encontrar financiación.
Por fortuna, su pasión sin precedentes por esta misión y su voluntad de hierro lo armaron de paciencia y perseverancia durante años de rechazo. No obstante, él insistió, tan resuelto estaba.

Dos de los motivos subyacentes que alimentaban su determinación eran la idea de evangelizar el Lejano Oriente y la posibilidad de adquirir suficiente riqueza como para iniciar una Cruzada con la que recuperar Jerusalén y el Santo Sepulcro. Si hay algo que se pueda decir de Colón con seguridad es que no le faltaba imaginación y que sus aspiraciones no eran pequeñas.
Cuando por fin recibió el patrocinio del rey Fernando de Aragón y la reina Isabel I de Castilla, se encontró con una nueva serie de desafíos. Pocos navegantes estaban dispuestos a arriesgar sus vidas en lo que percibían como el disparate de un loco y aún menos propietarios de navíos estaban dispuestos a arriesgar sus barcos.
El proyecto no empezó a tomar forma hasta que decidieron unirse los hermanos Pinzón: Martín, Francisco y Vicente, que eran relativamente famosos como marineros, piratas y exploradores. El 3 de agosto de 1492, los tres navíos atravesaron el río Odiel hasta el abrazo de la incertidumbre del mar.
Después de un viaje de 10 semanas rayando el motín a través de la “Mar Océana”, como se referían al Atlántico, tocaron tierra el 12 de octubre de 1492, reclamando la primera tierra para España y nombrándola San Salvador.
En torno a las 2 a.m. del Día de Navidad, Colón se despertó sobresaltado por el sonido de la fuerza del agua y de gritos desde el timón. Corrió a la cubierta para ver que el oficial de guardia había confiado el timón a un muchacho de cubierta, cosa que estaba prohibida. El inexperto grumete había permitido que el navío encallara, lo cual abrió unas grietas fatales bajo la línea de flotación.
Tras ordenar a la tripulación que arrojara un ancla por la popa, varios miembros de la tripulación se dirigieron a uno de los botes del barco para, directamente, desobedecer la orden y huir hasta la seguridad de La Pinta. Plenamente consciente de las implicaciones, Colón hizo un último esfuerzo para salvar el navío cortando el mástil para aligerar el barco, pero fue en vano. Las aguas se alzaron más y más y el barco que había guiado una de las expediciones más atrevidas de todos los tiempos terminó descansando en el lecho marino.
Cuando llegó el día y los rayos del sol cayeron sobre el casco hundido del que fuera un orgulloso navío, Colón envió una partida a la isla para reunirse con el rey Guacanagarix, el líder de una de las cinco tribus taínas que habitaban La Española.
El rey, que sentía un gran afecto hacia Colón y sus hombres, rompió en lágrimas cuando escuchó la noticia y mandó a toda su gente en enormes canoas para ayudar a recuperar lo que se hubiera perdido y para servir de cualquier otra forma que fueran útiles. Les ofreció alojamiento y comida y les dio la bienvenida como a uno de los suyos.
En el diario de Cristóbal Colón se lee:
“Él con todo el pueblo lloraban tanto (dice el Almirante): son gente de amor y sin codicia, y convenibles para toda cosa, que certifico a Vuestras Altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra: ellos aman a sus prójimos como a sí mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo y mansa, y siempre con risa”.
En los próximos días, la tripulación y los hombres de la tribu desmantelaron la Santa María y trajeron la madera a tierra. A partir de estas vigas construyeron un fuerte, al que llamaron apropiadamente “Fuerte Navidad”, ya que el naufragio se produjo en ese día. Esta habría de ser la primerísima colonia del “Nuevo Mundo”.
Mucho se ha dicho de Cristóbal Colón en los últimos años y, para algunos, los relatos de su gobierno quizás ensombrezcan sus logros. Sin embargo, entre lo que se conoce y lo que se perderá para siempre en las arenas del tiempo permanece un hombre cuya vida sirve como un brillante ejemplo para quienes viven con elevadas aspiraciones.
El joven que zarpó con sueños de tierras desconocidas al ritmo de la sinfonía de velas azotadas por vientos alisios y con el casco de un barco cortando las aguas pinta un retrato de lo que el espíritu humano puede lograr cuando se atreve a soñar.
“Nadie debe temer a realizar cualquier tarea en el nombre de nuestro Salvador, si es justa y si la intención es puramente para Su santo servicio”.

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Author: Jeffrey BrunoEmail: Questo indirizzo email è protetto dagli spambots. È necessario abilitare JavaScript per vederlo.
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